
Su trabajo académico es reconocido a nivel internacional.
En 1958 obtuvo su licenciatura en Ciencias Biológicas, en la UBA; y en 1962 el PhD del University College of London.
Su muerte significó un duro golpe para la ciencia nacional y del mundo entero, pues lo sorprendió siendo uno de los neurobiólogos más importantes del planeta.
Fue un luchador por el conocimiento de excelencia, la democracia y la igualdad social. Cuando regresó a la Argentina, tras largos tiempos de exilio, impuestos por las dictaduras del ’66 y del ’76, revolucionó la enseñanza superior de biología en nuestro país: reformó los programas de estudios, que llevaban un siglo de atraso; recuperó la teoría de la evolución, fundó y dirigió el Laboratorio de Neurobiología de la Memoria, creo la cátedra de Fisiología del Comportamiento y, en 2008, fue designado Profesor Emérito de la UBA.
De ello y sobre otras facetas de su vida dan cuenta en estas mismas páginas, personalidades locales y extranjeras de la ciencia y del ámbito académico, y amigos que lo trataron –a veces en la intimidad de sus preocupaciones intelectuales, docentes y políticas–, a lo largo de su prolongada vida.
Así lo recordó para Tiempo Argentino el arquitecto Silvio Grichener, uno de sus más entrañables compañeros de vida:
“Nuestras charlas sobre arte, ciencia y política fueron interminables y siguen retumbándome cada día; siempre privilegió el goce sobre el pecado; el humor y la realidad tangible funcionaban en él como categorías y sus enemigos eternos fueron el fascismo y la charlatanería.
Después de haber dado yo una conferencia sobre ahorro de agua en viviendas populares, hace 40 años, Héctor me dijo:
‘La primera parte me aburrió, sabía lo que dirías; el final fue brillante, aprendí a ahorrar agua’ ”.
Por Victor Ego Ducrot
para Tiempo Argentino
Entre el conocimiento y el compromiso político
Cuando conocí a Héctor Maldonado, yo cursaba el segundo año de Biología, en la UBA y él era un reconocido investigador que retornaba al país en tránsito hacia la democracia.
No quisiera rememorar los frecuentes y estimulantes intercambios que tuvimos como colegas en todos estos años, desde que, hace 20, dejé yo la Argentina.
Quisiera, en cambio, activar la máquina del tiempo y volver al pasado. Buscando nuevas formas de participación hasta entonces prohibidas, los estudiantes de Biología me habían concedido el honor de elegirme delegado.
Héctor Maldonado fue nombrado Director del Departamento de Ciencias Biológicas con el objeto de renovarlo y de instaurar una biología moderna, competitiva y de excelencia.
Tarea nada fácil si se considera que muchos de los que allí trabajaban habían ganado sus cargos en concursos amañados por la dictadura militar, que los planes de estudio eran obscurantistas y obsoletos (databan de 1955), y que hasta el estudio de la teoría de la evolución estaba excluido.
En ese contexto, Héctor llevo a cabo una verdadera revolución científica pero también democrática.
Creó el nuevo plan de estudios de la carrera de Ciencias Biológicas, impuso la enseñanza de la evolución y la macro evolución, de la biología molecular, de la ecología de poblaciones y ecosistemas (allí donde sólo podíamos elegir entre Zoología y Botánica), estableció especializaciones inexistentes, hizo venir a especialistas argentinos desde el exterior para dictar materias de primer nivel, estableció un consejo departamental que rigiera democráticamente la vida interna, impuso una encuesta de evaluación de los docentes por los estudiantes al final de cada cursada, y más que eso, a través de este proceso de efervescencia intelectual, inspiró en forma irreversible a decenas de jóvenes, entre los cuales tuve la suerte de encontrarme.
Todos estos cambios no fueron fáciles. Una encarnizada oposición, que contaba con el apoyo de los grandes diarios, aseguraba que en nuestra Facultad, y en particular en Biología, imperaba “el proyecto petardista que pululó en las aulas, allá por 1973”, como publicó el diario Clarín en su editorial Panorama Educativo del 12 de diciembre de 1984.
La realidad era otra: se intentaba instaurar formas de estudio básicas y elementales, presentes en cualquier universidad internacional.
Héctor Maldonado tenía, por suerte, no sólo alma de gran científico, sino pasta de luchador comprometido e incansable. Y se apoyó en los estudiantes, quienes fuimos sus principales aliados en aquel proceso de cambio.
Recuerdo las charlas y discusiones en su pequeña oficina, cuando nos exponía su visión de la ciencia y del país que quería. Allí mismo comprendí que la mejor ciencia no está reñida con el compromiso.
Y esta conclusión –aprendida de Maldonado y a través de la militancia estudiantil– es una máxima de vida que me ha guiado a lo largo de los años y países en que me ha tocado ejercer.
Quiero rendirle homenaje por haber renovado parte de la ciencia argentina, por su ejemplo y su amistad; y por haberme ayudado, tal vez sin saberlo, a encontrar mi propio camino.
* Profesor de Clase Excepcional de la Universidad de Toulouse y director del Instituto de Investigaciones sobre Cognición Animal, de ese centro.
Miembro de la Academia de Ciencias de la República Federal Alemana y de la Academia Profesoral de Ciencias de la República Francesa. Presidente del Consejo Nacional de Neurociencias del Consejo de Investigaciones Francés (CNRS)
Por Martin Giura - cientifico argentino
El sello de Héctor Maldonado
Un martes, 13 horas. Seminario semanal del Laboratorio de Neurobiología de la Memoria.
Héctor era el expositor y esta vez no iba a hablar de nuevos resultados, ni de proyectos. Se disponía a dar otro tipo charla: “ser un científico con duende”.
Héctor creía que para hacer ciencia era necesario encontrar el propio duende.
Decía que esa idea, que se rescata de la cultura del pueblo andaluz, está retratada preciosa y precisamente por Federico García Lorca en Teoría y juego del duende (Madrid, 1933).
De este discurso del poeta, Héctor nos hizo un resumen conmovedor que relató con su voz profunda y logró mantenernos a todos atrapados. Nos dijo “…en todo hombre, cada escalón que sube en la torre de su perfección es a costa de la lucha que sostiene con un duende, no con un ángel ni con su musa.
Es preciso hacer esa distinción fundamental.
El ángel guía, regala, deslumbra, pero vuela sobre la cabeza del hombre, está por encima, derrama su gracia.
Por otro lado, la musa dicta, y, en algunas ocasiones, sopla. Ángel y musa vienen de afuera; el ángel da luces y la musa da formas.
En cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre, y rechazar al ángel y dar un puntapié a la musa, ya que la verdadera lucha es con el duende.
Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Sólo se sabe que quema la sangre, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos.”
Luego de una pausa, agregó “eso, queridos chicos, es lo que los invito a hacer, porque el duende es necesario para hacer Ciencia”.
Héctor no sólo invitaba a buscar al duende, sino que también nos enseñaba a escucharlo, lo desafiaba en cada discusión.
Así, nos ayudaba a resolver los laberintos a los que diariamente nos enfrentamos en busca de una respuesta, o a encontrar el mejor diseño para un nuevo experimento. Héctor, además, nos acompañaba en la metamorfosis que encontrar el duende conlleva.
Hoy, lo que más nos conmueve es recordar las infinitas oportunidades en las que él compartió su duende con nosotros.
Un duende sabio, entusiasta, siempre optimista y generoso, que nos permitió desarrollarnos en nuestra profesión con su sello inconfundible, que nos distingue y nos llena de orgullo: ser reconocidos simplemente como “los Maldonado”.
Por sus discipulos del laboratorio de Neurobiologia de la Memoria FCEN-UBA
Tiempo Argentinoelargentino.com

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